miércoles, 9 de marzo de 2022

"..." un hechizo, la posibilidad de conjurar la realidad

 “Si no se habita en el mundo, no se puede construir hogar, calor o piedra que te cubra de los peligros del camino, los relámpagos. Entonces, que tu amor alcance a temblar en la vacilación de la luz en el instante que precede a la total oscuridad. Se desvanezca cuando la luz se desvanezca y solo entonces. Que aún allí toque tu cuerpo y lo encienda.”

- Claudia Masin, geología.


Durante el día camino despacio por las llanuras cerca de la montaña, de noche hago rituales para sanar y compartir, cuando me acuesto dejo que el sueño me toque con su espesura y entro ahí, moviéndome con un ritmo inventado, cinética del misterio, ordenando las plantitas de otra casa llena de pasillos y puertas, donde me han visitado amigos y seres de otras dimensiones. Sueño que nado en un lago oscuro, tranquilo, sueño sin miedo y ya es de día, algo me ciega, quiero seguir durmiendo, pero J. abre las cortinas y deja que entre la luz. 

Tuve un sueño, no reconocí la luz, se parecía a la del alba pero en neón, sabía con claridad hacia dónde seguir caminando, hasta cansarme. El cansancio no es anterior a la imagen, está debajo. Anterior a la imagen son el vuelo, la noche. 

Cuando el presente se acelera tanto, caigo en mis sueños como si en ellos pudiera vivir lo que me resulta imposible en la vigilia. Sueño lento, contraria a la vida, sueño con densidad, algo cae. Quiero registrar lo que está por fuera, siempre, la invitación. No sé nada y no me importa. Me dejo caer y cuando caigo no hay lenguaje, hay vuelo. Es tarde. No quiero hablar: hay un ruido de caída. 

Hay cosas que no tienen borde, que se extinguen cuando son tocadas por la luz y la luz, palabra absoluta, las hace nacer otra vez, renovadas, como a los miedos, como a las heridas que las transforma, que las sana. 

El otro día leí que a veces el dolor es simplemente dolor y entonces pensé en todas las conversaciones con J., en esta presión sociohistórica, axiomática, de que todo dolor trae un aprendizaje. Para mí, el aprendizaje deviene casi siempre después, tiene sus propios tiempos. No necesito agotar mi dolor diciéndome que algo voy a aprender cuando ni siquiera he terminado de atravesarlo.

El aprendizaje, me parece que nace de un silencio posterior. No necesito un montón de voces categóricas forzándome discursivamente a reflexionar sobre un dolor que todavía vive en mi cuerpo con tanta fuerza, con tanta realidad física. Aprendo siempre, claro, algo se nutre con cada gesto que hago. Sin embargo, voy a elegir callarme o decir: siento que estés pasando por esto antes de decir: algo aprenderás. Esto lo aprendí por un amigo que aprecio mucho. 

Vivo el aprendizaje como un ejercicio contradictorio, en constante incomodidad. Aprendo a ver cuando puedo quedarme mirando y no siempre puedo y está bien. Sin conclusiones. Solo pienso en lo que hay en esta foto. Solo estoy aquí, sintiendo la sutileza de otro paisaje en mi interior, creyendo, aunque todavía no lo aprendí del todo, que al final las cosas encuentran una forma de reorganizarse.

A mi nadie me enseñó a hablar con dios y soy alguien que se proclama hija del lenguaje, un lenguaje que habla, que muestra, que piensa, que registra, que escribe, que cala, que describe. Quizás por eso nunca creí en dios y mejor le escribía cartas a todo el mundo, les hacía retratos, fotomontajes, películas, para poder acercarme, para perder la timidez, para confesarme, que era lo más cercano a una religiosidad. Exceptuando las correspondencia, el resto era mío: un gesto celoso, introvertido, un monólogo encriptado que con el tiempo terminó asfixiándome porque la escritura y la fotografía, ahora lo entiendo así, se hacen también hacia y desde afuera.

Cuando empecé a mostrar lo que escribía y fotografiaba fue gracias a Internet y un blog ingenuo en el que conté los primeros episodios de mi primer viaje a Sudamérica. Intentaba pequeñas crónicas personales sobre mi encuentro con Buenos Aires, su nostalgia heredada, las noches cerca del Obelisco, en sus calles tomando litros de cerveza Quilmes, pero no lograba construir nada que me dejara satisfecha. Todo me parecía cursi, banal, impostado. Me mecía entre aquel placer primigenio suscitado por el ejercicio de evocar con imágenes y letras (intentar entender algo, encarnarlo en la página, como imagen y después dejarlo ir) y un sufrimiento inexplicable por no encontrar las palabras e imágenes adecuadas, las más precisas, por perseguir siempre una idea escurridiza que no era capaz de materializar.

Probaba de nuevo algunos trucos, y es que la vida a veces es más truco que trato. Quería volver a jugar, pero todo lo que hacía empezaba a volverse en mi contra, me hacía sentir insegura. Eliminé el blog y construí otro. Seguí, pero el efecto era el mismo: tristeza recurrente, vueltas y vueltas y vueltas sobre lo mismo. ¿Compartir lo que fotografiaba me estaba alejando del placer de hacerlo, de salir a hacerlo? ¿Sólo podía fotografiar desde el dolor? ¿por qué se había llevado mi alegría? Ahí estaba, tomada por las emociones que se sucedían como olas de un mar enfurecido, sin poder sacar la cabeza para respirar, moviendo brazos y piernas torpemente.

«Escribir: era lo único que llenaba mi vida y la hechizaba», dice Marguerite Duras. Eso quería para mí y la fotografía, un hechizo, la posibilidad de conjurar la realidad hasta el punto de encontrar ese estado de plenitud. 

No recuerdo el momento exacto en que la escritura, la fotografía y ahora el cine dejaron de dolerme, pero sospecho que tiene que ver con el hecho de perder el control. Es decir, poco a poco dejé de esperar tanto de ellos y ellos, como si tuvieran una inteligencia propia, me devolvieron algo de paz. Esto había ocurrido antes en mi vida. Me habían estado entrenando con dedicación en el ejercicio incansable de volverme una persona más humilde y amorosa, menos soberbia y egoísta. Aquellos pequeños logros cotidianos se iban colando en mi mirada sobre las cosas y después en mi cuaderno, en la cámara.

También logré relajarme gracias a la poesía. Cuando dejé atrás la intención de cronista, cuando dejé de esperar legitimación externa, cuando dejé de intelectualizar absolutamente todo lo que hacía, cuando dejé de ponerme en el centro —yo, mi drama, mi punto de vista— y me entregué a la escucha de las pequeñas cosas, a su magia indescifrable, al lenguaje como posibilidad infinita, como forma de la ternura, entonces empecé hacerlo con placer.

No siempre lo hago con placer. No niego que exista cierta tensión entre dolor, escritura, fotografía, cine, construcción del yo, contexto y disfrute. Que a veces no es tan sencillo como dejarse sorprender, ejercer la escucha, atender la música sutil que nos canta. 

Cuando estoy nerviosa no puedo escribir, fotografiar, ni filmar, doy vueltas por el patio, miro a lo lejos por si aparecen las nubes del valle. Cuando estoy nerviosa me siento en el sillón negro, me levanto, hago listas de pendientes, imagino escenarios para adelantarme a lo posible. Cuando estoy nerviosa mis amigas rezan por mí, prenden velas, palosantos, ofrendas de flores. Cuando estoy nerviosa no puedo cerrar los ojos, tengo que verlo todo, por si acaso, pero si logro hacerlo, si los cierro unos segundos pensando en el brillo del sol sobre la cumbre del valle, entonces descubro que hay tantas formas de meditar, relajarme, pequeños logros como islas, paces diminutas, milagros propios y que, si insisto, la escritura y la fotografía terminan siendo una consecuencia de otros ejercicios, una extensión de mi cuerpo yendo y viniendo, haciéndose espacio a sí mismo y que esta forma del conjuro, no me quita los nervios, pero los transforma en algo más visible, algo que casi puedo tocar y sí, es cierto, vale la pena cerrar los ojos, animarme a ver. Mirar al cielo y pisar firme en esta tierra que te sustenta, entregándole todos tus dolores y dificultades pero también a la hermosura.

“En la hermosura siempre hay un consuelo.” 

- Claudia Masin.

No niego el dolor, pues el dolor y el placer conviven en mí. No me niego a mí, pues convivo con las otras cuando escribo, cuando fotografío, cuando filmo. Simplemente digo que también puedo practicar el placer y que tengo que estar dispuesta a ejercerlo soberanamente, sin ser tutelada siempre por un afuera que me deja triste, aislada y confundida.

Un beso en el corazón 💛

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